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Tres Historias

Algunas vidas de Juana de Angelis

Tres Juanas, tres ejemplos, un mismo Espíritu. En los siguientes relatos podrá Usted conocer mucho sobre la Venerable Juana de Angelis

JUANA DE CUSA

Según las informaciones del espíritu Humberto de Campos, transmitidas a través del médium Francisco Cándido Xavier y publicadas en el libro Buena Nueva, Juana de Cusa era un ser que poseía auténtica fe. Entre la multitud que invariablemente acompañaba a Jesús en las prédicas junto al lago, siempre se hallaba presente una mujer de rara dedicación y noble carácter, muy bien posicionada en la sociedad de Cafarnaum. Era la esposa de Chusa, o Cusa, intendente de Antipas, en la ciudad donde se conjugaban intereses vitales para comerciantes y pescadores. Alto funcionario de Herodes, Cusa no participaba de los anhelos espirituales de su compañera, y rechazaba la doctrina de aquel Maestro que ella seguía con acendrado amor. Doblegada por el peso de los problemas domésticos, angustiada por la incomprensión y la intolerancia de su esposo, Juana trató de escuchar la palabra de estímulo de Jesús, quien, en vez de invitarla a sumarse a las filas de quienes lo seguían por las calles de Galilea, le aconsejó que lo siguiera a distancia, sirviéndolo dentro del propio hogar, a fin de tornarse un verdadero ejemplo de persona cristiana mediante el cuidado del prójimo más próximo a ella: su esposo, a quien debería servir con amorosa dedicación, fiel a Dios, amando al compañero del mundo como si fuera su propio hijo.

Jesús le trazó un plan de conducta que le permitió vivir con resignación el resto de su vida.

Más tarde, se convirtió en madre. Con el paso del tiempo, las tribulaciones fueron en aumento. El esposo, después de una vida tumultuosa y desdichada, falleció, y Juana quedó sin recursos y con un hijo que criar. Valiente, buscó trabajo. Olvidó el confort de la nobleza material, se dedicó a los hijos de otras madres y atendió los más subalternos quehaceres domésticos para que su hijito tuviese pan.

Trabajó hasta la vejez. Ya anciana, con los cabellos encanecidos, fue conducida al circo de los martirios, junto con el joven hijo, para dar testimonio de su amor a Jesús, el Maestro que había iluminado su vida y le señaló con esperanzas un mañana feliz.

Narra Humberto de Campos, en el libro citado: "Ante el vocerío del pueblo, fueron ordenadas las primeras flagelaciones.

"¡Renuncia...! -exclamó uno de los ejecutores de las órdenes imperiales, con la mirada cruel y sombría.

"La antigua discípula del Señor contempló el cielo sin una palabra de negación o de queja. Entonces el azote vibró sobre el joven semidesnudo, que exclamaba entre lágrimas: "¡Repudia a Jesús, madre mía...! ¿No ves que nos perdemos? ¡Niégalo... por mí, que soy tu hijo...!"

"La fuente abundante de las lágrimas corrió por primera vez en los ojos de la mártir. Los ruegos del hijo eran espadas de angustia que dilaceraban su corazón.

"Después de recordar toda su existencia, respondió:

"¡Cállate, hijo mío...! Jesús era puro y no despreció el sacrificio. ¡Sepamos sufrir en la hora dolorosa, porque por encima de todas las felicidades transitorias del mundo, es preciso que seamos fieles a Dios!

"De inmediato, las llamas consumieron el cuerpo envejecido y la liberaron, a fin de que pudiera acompañar a su Maestro, a quien tan bien supo servir y con quien aprendió a sublimar el amor.

Siglos después, cuando Francisco, el Pobrecito de Dios, el Sol de Asís, reorganizaba el "Ejército de amor del rey galileo", ella también se postuló a vivir con él la simplicidad del Evangelio de Jesús, que nos ama y nos comprende a todos, entonando la canción de la fraternidad universal.

JUANA DE ASBAJE (Sor Juana InÉs de la Cruz)
Retrato de Juana de Asbaje en 1.666, cuando tenía 15 años de edad. En ese año entró a la corte virreinal.

En el siglo XVII, Juana reaparece en el escenario del mundo con una nueva existencia dedicada al Bien. Renace en 1651 en la pequeña San Miguel Nepantla, a unos 80 kilómetros de la ciudad de Méjico, con el nombre de Juana de Asbaje y Ramírez de Santillana, hija de padre vasco y madre indígena.

A los tres años de edad, fascinada por las letras, al ver que su hermana leía y escribía, decide engañar a la profesora diciéndole que su madre le pedía que la alfabetizara. La maestra, acostumbrada a la precocidad de la niña, que ya respondía preguntas que la hermana ignoraba, comenzó a enseñarle las primeras letras.

Escribió sus primeros versos a los cinco años. A los seis, Juana dominaba perfectamente el idioma patrio, además de poseer habilidades para la costura y otros quehaceres habituales en las mujeres de la época. Supo que existía en Méjico una Universidad y se entusiasmó con la idea de aprender más y más entre los doctores. En conversaciones con su padre, le confió sus perspectivas para el futuro. Don Manuel, como buen español, se rió y le dijo, con gracejo: "Sólo podrías hacerlo si te vistieras de hombre, porque en ese lugar únicamente los muchachos ricos pueden estudiar."
Juana se sorprendió con la novedad y corrió junto a su madre para que la vistiese de hombre, pues no quería permanecer fuera de la Universidad bajo ningún concepto.

Ya en la Capital, a los doce años, Juana aprendió latín en veinte clases, y el portugués, sola. Además, hablaba el nahuatl, una lengua indígena. El marqués de Mancera, que pretendía crear una corte brillante, como era la tradición europea, invitó a la niña-prodigio de trece años para que fuera la dama de compañía de su mujer.

En la Corte encantó a todos con su belleza, inteligencia y gracia, y fue conocida y admirada por sus poesías, ensayos y piezas bienhumoradas.

Un día, el Virrey resolvió evaluar los conocimientos de la vivaz jovencita y reunió a cuarenta especialistas de la Universidad de Méjico para que la interrogaran sobre los más diversos asuntos. La platea asistió, pasmada, ante aquella joven de quince años que respondió, durante horas, al bombardeo de preguntas de los profesores. Y tanto la platea como los propios especialistas la aplaudieron, al final, con lo cual el Virrey quedó muy satisfecho.

Pero su sed de saber era más fuerte que la ilusión de proseguir brillando en la Corte. A fin de dedicarse más a sus estudios y penetrar en profundidad en su mundo interior, en la búsqueda incesante de la unión con lo Divino, ansiosa por comprender a Dios a través de la Creación, resolvió ingresar en el Convento de las Carmelitas Descalzas, a los 16 años de edad. No acostumbrada con la rigidez ascética, se enfermó y retornó a la Corte.

Siguiendo la orientación de su confesor, ingresó a la Orden de San Jerónimo de la Concepción, que tenía menos obligaciones religiosas, de modo que pudo dedicarse a las letras y a las ciencias. Allí tomó el nombre de Sor Juana Inés de la Cruz.

En su confortable celda, rodeada de innumerables libros, globos terráqueos, instrumentos musicales y científicos, Juana estudiaba, escribía sus poemas, ensayos, dramas, piezas religiosas, canciones de Navidad y música sacra. Era visitada con frecuencia por intelectuales europeos y del Nuevo Mundo, con quienes intercambiaba conocimientos y experiencias.

Creó un sistema simple para escribir música, ganó fama como pintora miniaturista y se hizo competente en teología moral y dogma, medicina, derecho canónico y astronomía. Cuando sus poemas de amor, muchos de los cuales eran considerados por ella como bromas para las fiestas de la Corte, fueron publicados en 1689, los prelados hicieron saber que estaban escandalizados con una poesía de esa naturaleza, que provenía de la pluma de una religiosa.

En 1650, el padre Antonio Vieira había predicado en la Capilla Real el Sermón del Mandato, y Juana, en 1690, fue invitada a hacer un comentario crítico sobre el mismo. Discordando, ella escribió un documento en defensa de su punto de vista teológico, diferente del que había presentado Vieira. Este, viejo y quebrantado, en su Quinta del Tanque, en la Bahía, leyó la carta de Juana, pero no se defendió. El Obispo de Puebla publicó el trabajo acompañado de una reprimenda, donde aconsejaba que ella se dedicase más a las cuestiones religiosas, y firmó con el seudónimo de Sor Filotea de la Cruz. Ciertamente, él así lo hizo, impactado por la publicación de sus poemas amorosos, hechos por encargo, cuando vivía en la Corte. Juana, al leer la reprensión, escribió "Respuesta a sor Filotea de la Cruz", donde con maestría escribe su autobiografía y hace una brillante defensa de la necesidad del conocimiento general para entender mejor a Dios, defendiendo el derecho de la mujer a dedicarse a las actividades intelectuales. Según el escritor y crítico Alberto G. Salceda, ese trabajo es la "carta magna de la libertad intelectual de la mujer americana".

Decía Juana, en su respuesta: ¿Cómo, sin aritmética, se podrán entender tantos cómputos de años, de días, de meses, de horas, de semanas, tan misteriosas como las de Daniel y otras, para cuyas inteligencias es necesario saber las naturalezas, las concordancias y propiedades de los números? ¿Cómo, sin la geometría, se podrán medir el Arca Santa del Testamento y la ciudad Santa de Jerusalén, cuyas misteriosas medidas conforman un cubo con todas sus dimensiones y aquel reparto proporcional de sus partes, tan maravillosas? ¿Cómo, sin gran conocimiento de ambos derechos, podrán entenderse los libros legales? ¿Cómo, sin gran erudición, tantas cosas de historias profanas, de que hace mención la Sagrada Escritura? ¿Tantas costumbres de gentiles, de ritos, tantas maneras de hablar?

Y justificando su inclinación hacia las letras, buscó en la Biblia, en la Historia, en la Mitología, las figuras femeninas que marcaron época por su sabiduría, vivacidad y competencia. Y cita con belleza a Deborah, dictando leyes; a la sapientísima Reina de Saba; a Esther; a Minerva, la diosa de las Ciencias, hija del primer Júpiter y maestra de toda la sabiduría de Atenas; a Nicostrata, inventora de las letras latinas y muy erudita en las griegas; a Aspasia Milesia, que enseñó filosofía y retórica y fue maestra de Pericles; a la Reina doña Isabel, mujer de Alfonso X, que escribió sobre astrología; y prosigue citando decenas de figuras femeninas, juntamente con sus hechos e influencias.

Defiende el derecho de la mujer inteligente y capaz de enseñar y predicar libremente. Cita los libros sagrados, el Cántico de María y otros, para justificar su poesía.

Más tarde renunciaría a las actividades seculares, vendió los 4 mil volúmenes de su biblioteca, sus instrumentos musicales y científicos, y sólo conservó los libros de devoción. Se confesó y firmó con su propia sangre dos protestos de fe y pedidos de clemencia al tribunal divino y se entregó a la mortificación ascética.

En 1695 una epidemia de peste invadió la región. JUANA auxilió día y noche a sus hermanas religiosas, quienes al igual que el resto de la población estaban enfermas. Abatida y enferma, también ella, cayó vencida, a los cuarenta y cuatro años de edad.

SOR JUANA ANGELICA DE JESÚS

Transcurridos 66 años de su regreso a la Patria Espiritual, Juana volvió a la Tierra, ahora a la ciudad de Salvador (Bahía, Brasil), en 1761, como Juana Angelica, hija de una familia pudiente. A los 21 años, ingresó en el Convento de la Lapa, como franciscana, con el nombre citado, haciendo profesión de fe en la orden de las Hermanas reformadas de Nuestra Señora de la Concepción. Fue hermana, escribana y vicaria, hasta que en 1815 se tornó Abadesa, y el día 20 de febrero de 1822, defendiendo valientemente su Convento, la Casa de Cristo, así como la honra de las jóvenes que allí vivían, fue asesinada por soldados que luchaban contra la independencia del Brasil.

En los planes divinos ya existía una programación para esta vida en Brasil, desde la época de su reencarnación en Méjico. De ahí su facilidad extrema para aprender el portugués y su interés por las opiniones del Padre Antonio Vieira. En tierras brasileñas estaban reencarnados, y habrían de reencarnar, espíritus ligados a ella, almas comprometidas con la Ley Divina, que formaban parte de su familia espiritual y a los cuales deseaba ayudar.

Entre esos dedicados a Juana de Angelis, destacamos a Amélia Rodrigues, educadora, poeta, novelista, dramaturga, oradora, traductora y cuentista, que vivió desde fines del siglo XIX hasta comienzos del siglo XX, y que en el año 1894 le dedicó esta poesía.

SOR JUANA ANGELICA

Infrene la soldadesca, alucinada

Sedienta de oro, horrible de furor,

Como un tifón de odio y de terror,

Corre por la ciudad consternada...

Y roba, y mata, y va desenfrenada

Contra las puertas de la Casa del Señor,

Donde brota de la pureza la flor,

Por los ángeles del cielo custodiada...

Salta la madera a los golpes de la palanca

De la turba vil... mas ante la segunda puerta,

Una figura surge, dulce y blanca...

¡Es Sor Juana que el pasaje corta!

¡Maten a la monja...!" Y luego la entrada franca

se hace, por encima de la Abadesa muerta.