Qué es el espiritismo

Por Allan Kardec

QuÉ es el espiritismo?

El espiritismo no es un descubrimiento moderno. Los hechos y los principios en que reposa se pierden en la noche de los tiempos, pues se encuentran vestigios de ellos en las creencias de todos los pueblos, en todas las religiones y en la mayoría de los escritores, sagrados y profanos. Sucede que los hechos, incompletamente observados, se interpretaron muchas veces conforme a las ideas supersticiosas propias de la ignorancia, y no se dedujeron de ellos todas sus consecuencias.

Las instrucciones impartidas por los Espíritus de un orden elevado, acerca de los temas que interesan a la humanidad, así como las respuestas que han dado a las preguntas que se les formularon y que han sido recopiladas y coordinadas cuidadosamente, constituyen toda una ciencia, una doctrina moral y filosófica que lleva el nombre de espiritismo. Por consiguiente, el espiritismo es la doctrina basada en la existencia, las manifestaciones y la enseñanza de los Espíritus. Esta doctrina se halla expuesta de una manera completa, con respecto a la parte filosófica, en El Libro de los Espíritus; en relación con la parte práctica y experimental, en El Libro de los Médiums; y por lo que se refiere a la parte moral, en El Evangelio según el Espiritismo.

Es cierto que el espiritismo no enseña nada nuevo. Pero ¿no basta con que pruebe de un modo patente, irrecusable, la existencia del alma, su supervivencia al cuerpo, su individualidad después de la muerte, su inmortalidad, así como las penas y las recompensas futuras? Muchas personas creen en todo eso, pero lo hacen con un vago trasfondo de incertidumbre. En su fuero interior se preguntan: ¿Y si no fuera cierto? ¡Cuántas hay que han sido conducidas a la incredulidad porque se les mostró el porvenir con un aspecto que su razón no podía admitir! Para el creyente que vacila, ¿no significa nada la posibilidad de afirmar: ¡Ahora estoy seguro!? Para el ciego, ¿no significa nada el hecho de volver a ver la luz? A través de los hechos y de su lógica, el espiritismo acude a disipar la ansiedad inherente a la duda, y devuelve la fe al que se había apartado de ella. Al revelarnos la existencia del mundo invisible que nos circunda, y en medio del cual vivimos sin sospecharlo, el espiritismo nos permite conocer, mediante el ejemplo de los que nos precedieron en esta vida, las condiciones de nuestra felicidad o de nuestra desdicha venideras. Nos explica la causa de nuestros padecimientos en la Tierra, así como la manera de aliviarlos. El efecto inevitable de la propagación del espiritismo será el desmoronamiento de las doctrinas materialistas, que no pueden resistirse a la evidencia. El hombre, convencido de la grandeza y la importancia de su existencia futura, que es eterna, la compara con la incertidumbre de la vida terrenal, que es tan breve, y entonces se eleva con el pensamiento por encima de las mezquinas consideraciones humanas. Como conoce la causa y el objetivo de sus miserias, las soporta con paciencia y resignación, pues sabe que son un medio para alcanzar un estado mejor. El ejemplo de los que vienen de ultratumba para describir sus alegrías y sus dolores, demostrando la realidad de la vida futura, prueba al mismo tiempo que la justicia de Dios no deja ningún vicio sin castigo ni ninguna virtud sin recompensa. Agreguemos, por último, que las comunicaciones con los seres queridos que hemos perdido nos ofrecen un agradable consuelo, pues nos demuestran no sólo que esos seres existen, sino que estamos menos separados de ellos que en el caso de que estuvieran vivos pero en un país lejano.

En resumen, el espiritismo alivia la amargura de los pesares de la vida, calma la desesperación y las inquietudes del alma, disipa la incertidumbre o el terror acerca del porvenir, aleja la idea de abreviar la vida mediante el suicidio. Por eso mismo hace dichosos a los que se compenetran con él, y ahí radica el gran secreto de su rápida propagación.

Desde el punto de vista religioso, el espiritismo se basa en las verdades fundamentales de todas las religiones: Dios, el alma, la inmortalidad, las penas y las recompensas futuras. Con todo, es independiente de cualquier culto en particular. Su objetivo consiste en probar, a los que niegan o dudan, que el alma existe y sobrevive al cuerpo, y que después de la muerte sufre las consecuencias del bien y del mal que ha cometido durante la vida corporal. Esto es patrimonio de la totalidad de las religiones.

En calidad de moral, el espiritismo es esencialmente cristiano, porque la que enseña no es sino el desarrollo y la aplicación de la moral de Cristo, la más pura de todas, y cuya superioridad nadie discute: prueba evidente de que es la ley de Dios. Esta moral es para uso del mundo entero.


MÁximas extraÍdas de la enseÑanza de los EspÍritus

El objetivo esencial del espiritismo es el mejoramiento de los hombres. Sólo hay que buscar en él aquello que pueda favorecer el progreso moral e intelectual. El verdadero espírita no es el que cree en las manifestaciones, sino el que aprovecha la enseñanza que los Espíritus imparten. De nada sirve creer, si la creencia no nos permite dar un paso adelante en el camino del progreso y no nos hace mejores para con el prójimo.
El egoísmo, el orgullo, la vanidad, la ambición, la codicia, el odio, la envidia, los celos y la maledicencia son para el alma hierbas venenosas, de las que es preciso arrancar cada día algunas briznas, y cuyos antídotos son la caridad y la humildad.
La creencia en el espiritismo sólo resulta provechosa para aquel de quien se puede decir: Hoy es mejor que ayer.
La importancia que el hombre atribuye a los bienes temporales está en razón inversa a su fe en la vida espiritual. La duda acerca del porvenir es la que lo induce a buscar sus goces en este mundo mediante la satisfacción de las pasiones, incluso a expensas del prójimo. Las aflicciones que se experimentan en la Tierra son remedios para el alma. La salvan para el porvenir, así como una cirugía dolorosa salva la vida del enfermo y le devuelve la salud. Por eso Cristo dijo: Bienaventurados los que sufren, porque serán consolados.

En vuestras aflicciones mirad hacia abajo, no hacia arriba. Pensad en los que sufren aún más que vosotros.
La desesperación es lógica en el que cree que todo termina con la vida del cuerpo. En cambio, es un absurdo para quien tiene fe en el porvenir.
El hombre suele ser el artífice de su propia desdicha en este mundo. Si se remontara hasta la fuente de sus infortunios, descubriría que la mayoría de ellos son el resultado de su imprevisión, de su orgullo, de su avidez y, por consiguiente, de su infracción a las leyes de Dios.
La oración es un acto de adoración. Orar a Dios es pensar en Él, acercarse a Él, ponerse en comunicación con Él.
El que ora con fervor y confianza es más fuerte contra las tentaciones del mal, y Dios le envía Espíritus buenos para que lo asistan. Esa es una ayuda que nunca se niega cuando es solicitada con sinceridad.
Lo esencial no es orar mucho, sino hacerlo bien. Algunas personas creen que todo el mérito radica en la extensión de la plegaria, mientras que cierran los ojos ante sus propios defectos. La oración es para ellas una ocupación, una manera de pasar el tiempo, pero no un estudio de sí mismas. El que pide a Dios el perdón de sus faltas sólo lo obtiene si cambia de conducta. Las buenas acciones son la mejor de las plegarias, porque los hechos valen más que las palabras.
Todos los Espíritus buenos recomiendan la oración. Por otra parte, los Espíritus imperfectos piden que se ore por ellos, como un medio de aliviar sus padecimientos.
La oración no puede cambiar los decretos de la Providencia. Con todo, cuando los Espíritus que sufren ven que nos interesamos por ellos, se sienten menos desamparados; no son tan desdichados. La oración por ellos levanta su ánimo, estimula su deseo de elevarse mediante el arrepentimiento y la reparación, y puede apartarlos de la idea del mal. En ese sentido la oración logra no sólo aliviar, sino también disminuir sus padecimientos. Ore cada uno según sus convicciones y del modo que crea más conveniente, pues la forma no es nada y el pensamiento lo es todo. Lo esencial es ser sincero y tener intenciones puras. Un pensamiento bueno vale más que muchas palabras, que se parecen al ruido de un molino, y en las que el corazón está ausente por completo. Dios ha hecho hombres fuertes y poderosos para que sean el sostén de los débiles. El fuerte que oprime al débil es condenado por Dios, y muchas veces recibe el castigo en esta misma vida, sin perjuicio de lo que le aguarda en el porvenir.
La fortuna es un depósito cuyo poseedor sólo es usufructuario, pues no se la lleva consigo a la tumba, y deberá dar cuenta estricta del uso que haya hecho de ella.
La fortuna es una prueba más peligrosa que la miseria, porque induce al abuso y a los excesos, y porque es más difícil ser moderado que resignarse. El ambicioso que triunfa y el rico que se sacia de goces materiales son más dignos de lástima que de envidia, pues hay que ver las consecuencias de sus actos. El espiritismo, a través de los terribles ejemplos que brindan quienes han vivido y vuelven para revelarnos su suerte, muestra la verdad de estas palabras de Cristo: Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido.
La caridad es la suprema ley de Cristo: Amaos los unos a los otros como hermanos. Ama a tu prójimo como a ti mismo. Perdonad a vuestros enemigos. No hagáis a los otros lo que no querríais que os hiciesen: todo esto se resume en la palabra caridad.
La caridad no se encuentra solamente en la limosna, porque hay caridad en los pensamientos, las palabras y las acciones. Caritativo en los pensamientos es el que se muestra indulgente para con las faltas del prójimo. Caritativo en las palabras, el que no dice nada que pueda dañar a sus semejantes. Caritativo en las acciones, el que ayuda a su prójimo en la medida que sus fuerzas lo permiten.
El pobre que comparte un pedazo de pan con alguien más pobre que él, es más caritativo y tiene más mérito ante Dios que el que da parte de lo que no le hace falta, sin privarse de nada.
Quienquiera que sostenga contra su prójimo sentimientos de animosidad, de odio, de celos y de rencor, no tiene caridad. Miente si se dice cristiano, y ofende a Dios. Hombres de cualquier casta, creencia religiosa y color, todos vosotros sois hermanos, porque Dios os llama a todos hacia Él. Así pues, tomaos de la mano, sea cual fuere vuestro modo de adorarlo, y no os maldigáis unos a otros, pues el anatema constituye la violación de la ley de caridad que Cristo proclama.
Con el egoísmo los hombres se mantienen en lucha perpetua. Con la caridad vivirán en paz. Sólo la caridad, convertida en la base de sus instituciones, puede garantizarles la felicidad en este mundo. Conforme a las palabras de Cristo, sólo ella puede también garantizarles la felicidad futura, pues contiene implícitamente todas las virtudes que los conducirán hacia la perfección. Con la verdadera caridad, tal como Cristo la enseñó y la practicó, no habrá más egoísmo, orgullo, odio, celos ni maledicencia, y dejará de existir el apego desmedido a los bienes de este mundo. Por esa razón el espiritismo cristiano tiene por máxima: FUERA DE LA CARIDAD NO HAY SALVACIÓN.

Párrafos extraídos del libro El espiritismo en su más simple expresión, de Allan Kardec (Edicei, 2009).